Para un jurista como yo, interesado en temas de base moral como el civismo y la convivencia, es un placer reseñar este libro, un tratado del profesor Burgos titulado Ética de la persona. El mismo día que a mi mujer le roban el bolso, con los inconvenientes que esto supone, comienzo el libro, cuyas primeras páginas hablan del bien y del mal. Nos dice el autor en la presentación: “El misterio del bien y del mal atenaza toda vida humana” (p. 13). En efecto, así es para toda persona razonable que precise una fundamentación moral, unos principios éticos que le den sentido a la vida.
El autor sostiene una ética personalista, siguiendo a Von Hildebrand y a Guardini, pero sobre todo a Karol Wojtyla. Se trata de una ética basada en la experiencia de la persona, definida como personalismo integral, con el objetivo de alcanzar el ordo amoris agustiniano como plenitud ética.
Ética y moral pueden tener sentidos parecidos, pero siempre muestran y enmarcan la vida humana, un camino peculiar e irrepetible (p. 25), entre las virtudes y los vicios. Distingue los tipos morales ideales y las actitudes de las personas concretas, las cuales se trasladan a la configuración social por medio de la implicación vital en aras de la consecución del bien común general o sectorial. Para el autor, la ética se da en cada concreta acción humana libre, en la medida en que el hombre se busca a sí mismo y se construye como persona. Defiende una perspectiva integradora con las perspectivas aristotélico-tomistas, kantianas, de Scheler o Von Hildebrand, esto es, las tradiciones compatibles con la ética realista (p. 31), para sostener aquel personalismo integral, inspirado en la ética personalista de Wojtyla, plasmado en diversos trabajos anteriores suyos. Afirma la necesidad de conocer el contorno en el que se mueven los actos humanos, la experiencia real, la cual contiene una parte importante del conocimiento ético: la experiencia moral es la experiencia del bien y del mal (p. 47) como hechos objetivos que son aprehendidos por medio de una inducción comprensiva, que llamamos noción.
El profesor Burgos sostiene la continuidad entre esa experiencia y la filosofía moral. Siguiendo a Maritain, recuerda que “la gente no ha esperado a la filosofía para tener una moral” (p. 61). La ética es una disciplina práctica normativa, indicándole al hombre cómo debe actuar para que sus acciones sean buenas, esto es, para ser virtuosos (Aristóteles). Por ello tenemos grandes retos morales de difícil solución, como la existencia de una ética mundial o el reconocimiento universal de la ley natural. Los principios generales se han de plasmar en acciones humanas concretas, con toda la diversidad que ello comporta. La ética ofrece a través de normas la objetivación de la verdad sobre el bien (p. 70), en señalar al hombre lo que es bueno y malo para que elija bajo su responsabilidad, así como el porqué de la maldad o bondad de las acciones humanas (siguiendo a Wojtyla). Es en este contexto de libertad que el hombre se autodetermina moralmente y se construye como persona. Y aquí aparecen los límites de la identidad del sujeto y de la realidad moral, que son puestos en duda por el relativismo ético de nuestros días, que nos arrastra a la perdida del sentido objetivo de la acción humana y que está en la base de la confusión entre verdad y opinión, así como a la justificación exclusivamente afectiva de las acciones humanas en el actual mundo polarizado.
En todo caso, la norma moral siempre nos guía por el camino del bien o del mal, construyendo así nuestra personalidad. Tanto la libertad de acción como la conciencia de la misma nos permiten gozar de la capacidad para emitir juicios morales, en la línea de la responsabilidad, satisfacción, mérito, culpa o remordimiento. El autor sostiene una diferencia nítida entre el bien, el placer y lo útil. El bien moral, siguiendo los planteamientos tomistas se aleja de la justificación de las acciones humanas en esas dos últimas razones. Rechaza la tesis de Scheler sobre la imposibilidad de buscar la bondad, siendo por el contrario a su juicior la esencia del camino ético (p. 145). ¿Esto significa que hay opciones morales absolutas dadas por una fuerza externa y transcendente al sujeto? No necesariamente, puesto que también los ateos pueden sentirse vinculados a normas morales. Así, la transcendencia no es sólo la referencia a Dios o a la religión, sino que puede darse en una perspectiva humanista, basada en la dignidad de la persona humana y los derechos que le son inherentes. Esta es la apuesta de Maritain o de Sartre, desde planteamientos muy diversos.
Se analiza el concepto de valor, definido como “el bien relevante y con capacidad de motivación para una persona (o para una sociedad)” (p. 153); los valores son “generalizaciones de comportamientos que posibilitan el perfeccionamiento o mejora personal” (p. 161). El autor defiende la existencia de normas morales generadoras de un dinamismo interrelacional con la persona, en lo que sería el juicio moral, que da lugar a modelos personales, a seguir o no. La norma moral es, entendida así, personalista por encima de todo. La filosofía moral, por su parte, nos ayuda a comprender mejor las opciones morales a partir de la formación ética de la persona, como es el caso de los códigos escritos, desde los Diez Mandamientos o los códigos deontológicos, que han llegado a impregnar normas jurídicas. El autor analiza también la teoría de la ley natural como ley moral, que ha de ser reconocida por la persona, y en la que inciden elementos como la historia y la cultura, que pueden poner en duda su universalidad, como algunos sectores critican a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Maritain ya sufrió esas críticas y propugnó que la ley natural se compone de principios morales no escritos previos a la mencionada Declaración. En relación con el concepto de naturaleza se sostiene una visión personalista, basada en la igualdad en dignidad a todas las personas humanas huyendo de concepciones metafísicas.
Realiza el autor una revisión crítica de las “fuentes de la moralidad”. Sostiene que no hay moralidad sin sujeto actuante, a partir de una intención, que puede ser diferente del hecho realmente acontecido y con una consciencia o juicio moral sobre esa acción. El juicio moral es universal y personal (p. 246); es el centro de la persona. Acaba el autor con un capítulo dedicado a “por qué hacer el bien”, interesante puesto que en el fondo esta es una pregunta relacionada con la felicidad o con el deber. Sea como sea siempre está en juego la construcción de la persona.
La ética motivacional del cristiano desemboca en el sentido de la acción: el cristiano debe hacer el bien porque es un medio de santidad. Desembocamos así en una reivindicación de la moral del santo (p. 284) y en un intento de la comprensión de las raíces del mal, desde la libertad y la responsabilidad personales, en la que tiene un importante papel la reconciliación y la reparación.
Las últimas páginas se centran en el amor como virtud humana que perfecciona la persona, y por extensión la sociedad. Es esta una conclusión profundamente personalista, que se podría manifestar de forma sublime en el orden social y político, a pesar de que el mundo actual parece ir por otros derroteros. La presente obra del profesor Burgos nos da pautas morales para configurar la vida de otra manera, al estilo de la revolución personalista y comunitaria de Mounier.
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