diumenge, 17 d’agost de 2014

La agostidad

Escribo estas líneas en la canícula del mes de agosto, durante una etapa que se ha dado en llamar "vacaciones". Estos días son diferentes a los del resto del año porque si bien la vida sigue, con sus achaques y miserias, y con sus aspectos positivos, la humanidad -por lo menos la humanidad de esta zona de un lugar llamado mundo donde resido- parece que se metamorfosea, como huyendo de la cotidianidad, de la agitación del resto del año. El concepto "vacaciones" se ha convertido, a parte de una necesidad vital, en un mito, en una creencia de que podemos ser felices desconectando de una realidad, que en el mejor de los casos, sólo se deja en suspenso de forma transitoria, temporal.

Las vacaciones, como las bicicletas, son para el verano, aunque afortunadamente también se pueden tomar en otras épocas del año, como cada vez se hace más en nuestro entorno. Y sobre todo, hoy hemos de ser muy respetuosos con todos aquellos que por diversas circunstancias, sobre todo económicas, no pueden tener vacaciones.

Agosto, sin embargo, es el mes de las vacaciones por antonomasia. Cada uno se programa las vacaciones que puede o le apetece más, y la forma de descansar que mejor le va. Pero es un mes curioso, no tanto como hace años, pero sigue siéndolo. En España, agosto sigue siendo un mes de  relajación, en casi todos los órdenes de la vida. Como dice un conocido mío, "es que en agosto no te puedes ni morir". La concentración de las vacaciones en el mes de agosto produce un efecto desagradable: "cerrado por vacaciones". Mientras tanto, el sector servicios intenta "hacer el agosto", en una expresión ya consolidada en el lenguaje coloquial.

Agosto es sinónimo de vacaciones, así, generalizando. Unas vacaciones construidas como concepto dentro del derecho laboral, protector de la clase operaria, del trabajador por cuenta ajena. ¡Y que dure!

Pero lo que quiero expresar aquí es que en agosto la vida parece otra cosa. O nos lo creemos. O nos lo queremos creer. Agosto es tiempo de agostarse, con el calor que nos proporciona el verano. Y en principio descansar. Que gran idea, poder descansar. Algunos viajan a paraísos lejanos, otros van a su pueblo, o lo que sea. Si descansar es el objetivo, bienvenido sea el mes de agosto. Otra cosa es si ello es posible, o sólo es una pretensión, una idea, una falsa ilusión.

Cada uno que gaste su tiempo como pueda...

En el paréntesis estival, las defensas ante la toxicidad ambiental se relajan. Eugeni d'Ors escribió una magnífica defensa del "dolce far niente" en su Oceanografía del tedio (1919). No hacer nada como objetivo vital, dejar pasar el tiempo, el estío, en la tumbona: "Yo no pienso, luego existo". El problema de esta actitud es que nos desarma frente a un mundo hostil, que sigue existiendo, en dos ámbitos a los que me gustaría referirme aquí, el político y el periodístico.

Visto desde Catalunya, el gran tema de la política española es la posibilidad de ejercitar el derecho a decidir el próximo 9 de noviembre. Las cloacas del Estado siguen funcionando, en una incomprensión secular del llamado desde hace siglos "problema catalán", y generando desafección a chorros. A lo que sería un estricto tema de democracia y de voluntad política, se le opone la constitución española entendida como un reglamento inquisitorial y el Tribunal Constitucional  actúa como cruzado contra el mal. Necesitamos desdramatizar, y analizar propuestas, mensajes positivos, de los responsables políticos, que vayan más allá de los rebuznos a los que nos tienen acostumbrados. Los problemas se solucionan, afrontándolos. Catalunya quiere ser reconocida como sujeto político, quiere que se le reconozca más y mejor un estatus propio, después de la ruptura constitucional que supuso la sentencia del tribunal constitucional del 2010 contra el Estatuto de Autonomía de 2006. Este proceso de agotamiento y de agostamiento del encaje de Catalunya en el marco constitucional no nos lo merecemos los ciudadanos de Catalunya. Llevamos demasiados años sin un orden constitucional claro y legítimo, viviendo al albur de la arbitrariedad de los gobernantes de turno. El ejemplo más claro es la situación en la que estamos, a la espera de lo que pueda pasar el próximo 9 de noviembre. Estamos mal. Muy mal. Y que nadie se ponga medallas, dentro del cainismo y del carroñerismo como grandes divisas de la actividad política.

El segundo tema al que me gustaría referirme es el de los medios de comunicación. La obsesión de la prensa oficialista madrileña es una provocación constante. El deporte nacional es el anticatalanismo, bueno mejor dicho antinacionalismo catalán, como si el nacionalismo español casposo no existiera. Ahora resulta que sólo hay una familia en toda España digna de ser portada en los medios madrileños. Una infamia. Desde Catalunya necesitamos mirar hacia el exterior, para salir del agujero, y leer prensa europea, o elaborada en general fuera de España. Ya está bien de la broma. Como en el ámbito político, el mediático se ha apuntado al pimpampum de romper la convivencia social en Catalunya. Ya lo dijeron desde altas instancias: antes se romperá Catalunya que España. Y así lo pretenden día tras día, con titulares que no expresan otra cosa que la tradicional tragicomedia española. No nos merecemos esto. Pero bueno, la autoregulación deontológica es un oxímoron, y como es sabido, el consejo del audiovisual español no se ha puesto en funcionamiento por falta de interés y apoyos políticos. Cainismo y carroñerismo otra vez. Esto es lo que hay.

Y pasará agosto, vendrá septiembre, y la casa sin barrer. O más bien sucia hasta el techo. Sin válvulas de seguridad. Nos llenaremos de imputados, de inconstitucionalidad, de más sinrazón. El Gobierno nos dirá que sigue preocupándose de los "problemas reales de los ciudadanos". El populismo continuará a tope. Y los ciudadanos a sufrir una larga crisis, moral y material, como siempre. Por lo menos, un español no será, de momento, un exiliado en potencia.